martes, 15 de octubre de 2019

Madera Mojada

Ese olorcito a madera mojada en el despertar de las mañanas, era lo que me enloquecía de placer en ese pequeño lugar aislado de los ruidos de la ciudad, pero pleno de sonidos de la naturaleza. No puedo, ni quiero, quitar de mi memoria, la música que componía la lluvia sobre
el techo de la cabaña en las noches de otoño. Tierra húmeda. Hojas secas. Olas embravecidas. Viento cómplice de un escenario perfecto que compone el poema más hermoso para ser escrito. Afrodisíaco espectáculo que acompañó mi vida luego de una tormenta…
-Pá, ¿no podés cambiar la radio?
-M’hija, es un ratito, ya termina.
-Pero pá, hace rato me dijiste lo mismo. Estoy aburrida.
-Es lo mejor que vas a escuchar. Esa música que te gusta a vos, no es música. Solo gritan y golpean hasta que te da dolor de cabeza.
-¡Es que veo a Gardel hasta en la sopa! Cuando no es en Clarín es en el Cinco. ¡Hace más de cuarenta años que lo escuchás y no te sabés ni la letra de una canción!
-¡Es que Gardel cada día canta mejor, hijita! Ja, ja, ja.

Era difícil disfrutar a mi papá. Él y mamá peleaban siempre, y era la excusa perfecta para que desaparezca de mi vida por extensos períodos. Nos conocimos poco. Nos extrañamos mucho. Sus pensamientos cerrados a lo nuevo y mi testarudez, se convirtieron en escudos de separación. No creo haber conocido a personas tan parecidas como nosotros dos.
 -Voy a comprar cigarros, vuelvo enseguida.
-¿Te fumaste las diez cajas que compraste el jueves? Papá, el médico dijo…
-Ah, el médico dijo, el médico dijo…
-¡Sí! El médico dijo.

Los domingos era el día del padre. Así lo dispuso el juez. A las siete de la tarde me tenía que devolver  con mamá. Las horas se hacían muy cortas. Estar con él era como vivir en otro mundo, en otra época. Su casa tenía otros olores, otros colores, otros silencios… A pesar de nuestras diferencias, yo admiraba su temple. Solía quedarme varios minutos observándolo mientras dormitaba luego de almorzar. Me preguntaba una y mil veces: ¿por qué?
-¡Viste papa, como están creciendo las rosas!
-Si, mi amor, crecen como vos. Para que me recuerdes siempre que las veas.
-Para que te recuerde cuándo, ¿por qué?
-Algún día, cuando ya no esté.
-Ah, papi, vos vas a estar siempre.

Sus caricias olían a cigarrillos, pero eran cálidas y hermosas. Siempre lo rezongaba por el desorden de su ropero. Guardaba montones de toallas, camisas y calzoncillos nuevos, sin uso. Decía que siempre, había que tener reservas.
-Dale, andá al cuarto que te llevo café.
-No demores que está por empezar Cantinflas.
-Ya sé, por eso digo. Vos prendé la tele y acostate que ya voy.
-M’hija, ¿hacés unos manicitos para acompañar el café?
-Un día de estos vas a explotar papá, ¡recién terminaste de almorzar!
Dale, andá que ya voy con todo pá.

Todo el picante existente en la tierra lo consumía mi papá. Sí. Decía: “es para acompañar”. Y la mayor parte del banquete estaba compuesto por pikles, morrones al vinagre, aceitunas y cebollas crudas (cortadas en cuatro gajos, como si fuera una fruta). Por supuesto que no podía faltar ¡la bendita pimienta! Y la previa: un vasito de whisky, recomendado por el médico, y una picadita (quesos, papitas, salamines, etc, etc.).
-Ese pantalón me gusta, tenés que vestirte como una señorita.
-Sabés que si me comprás eso no lo voy a usar. Vas a gastar al cuete, porque sale de la tienda y va derechito al ropero y ahí se queda.
-Pero mi amor, no podés estar siempre de jeans. La presencia es muy importante. Entramos, te lo probás, y si no te gusta, nos vamos.
-No te creo nada, siempre te salís con la tuya. Dale, me lo pruebo.
-Ah, ¿ves? ¡Te queda pintado! Lo llevamos.
-¡Yo sabía!
-¿A crédito o al contado, señor?
-¡Yo compro todo al contado! Supongo que me va a hacer una rebajita, quién compra al contado hoy en día.

Y una vez más, la distancia… y una vez más, el reencuentro. Y adiós adolescencia, bienvenida juventud. Y adiós juventud, mal venida  madurez. ¿Cuándo es suficiente la vida? ¿Quién dijo que el sufrimiento debe ser el maestro que nos enseñe a cambiar de perspectiva?  La realidad golpea fuerte y nunca es esperada.
¡Murió papá! ¿Murió papá? Murió papá…
Mi corazón se arruga de dolor. Hoy desperté en un nuevo camino. Ya no hay retorno. Ya no más reencuentros. No más rezongos. Te extraño, papi. ¡Te quiero, Papá!


Fin 


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